El jet lag es uno de los efectos más habituales de los viajes largos, especialmente cuando se cruzan varios husos horarios en pocas horas. Alteraciones del sueño, cansancio extremo, falta de concentración o cambios en el apetito son algunos de los síntomas más comunes. Aunque no se puede evitar por completo, sí es posible reducir su impacto con una buena preparación y algunos hábitos sencillos.
Cada persona lo experimenta de forma distinta, pero el cuerpo necesita tiempo para adaptarse a un nuevo horario. Por eso, entender cómo funciona el jet lag y anticiparse a él puede marcar una gran diferencia en la experiencia del viaje, sobre todo cuando el objetivo es disfrutar desde el primer día y no pasar las primeras jornadas agotado.
Qué es el jet lag y por qué aparece
El jet lag se produce cuando el reloj interno del cuerpo, conocido como ritmo circadiano, no coincide con el horario del lugar al que se viaja. Este reloj regula funciones básicas como el sueño, la temperatura corporal o la producción de hormonas. Al cambiar de zona horaria de forma brusca, el organismo necesita un periodo de adaptación.
Suele ser más intenso en viajes hacia el este, donde se “pierden” horas, y algo más llevadero cuando se viaja hacia el oeste. También influyen factores como la edad, la duración del vuelo, la cantidad de horas de diferencia y el estado físico general del viajero.
Prepararse antes del viaje marca la diferencia
Una parte importante del jet lag se puede suavizar antes incluso de subir al avión. Ajustar poco a poco los horarios en los días previos ayuda al cuerpo a adaptarse mejor al nuevo ritmo.
Algunas recomendaciones útiles antes de viajar son:
Adelantar o retrasar la hora de acostarse según el destino.
Dormir bien los días previos al vuelo.
Evitar trasnochar justo antes del viaje.
Organizar el vuelo de forma que llegue al destino a una hora razonable.
También conviene tener claro el plan para el primer día en destino, evitando agendas demasiado exigentes que no tengan en cuenta el cansancio acumulado.
Durante el vuelo, pequeños gestos ayudan mucho
El tiempo en el avión es clave para reducir los efectos del jet lag. Aunque el espacio es limitado, hay hábitos que ayudan a que el cuerpo sufra menos el cambio horario.
Uno de los más importantes es empezar a pensar en el horario del destino desde el primer momento. Ajustar el reloj al despegar y actuar en consecuencia ayuda mentalmente a adaptarse.
Durante el vuelo conviene:
Beber agua con frecuencia para evitar la deshidratación.
Evitar el alcohol y el exceso de cafeína.
Comer ligero y a horarios similares a los del destino.
Levantarse, estirar las piernas y moverse de vez en cuando.
Si el vuelo coincide con la noche en el destino, intentar dormir, aunque sea a ratos, puede ser beneficioso. En cambio, si es de día, es mejor mantenerse despierto con actividades tranquilas.
Dormir en destino, aunque cueste

Una vez se llega al destino, el sueño es uno de los mayores retos. Es habitual tener sueño a horas poco habituales o despertarse de madrugada. Aun así, es importante intentar adaptarse cuanto antes al horario local.
Algunos consejos para gestionar el descanso los primeros días son:
Evitar dormir largas siestas durante el día.
Exponerse a la luz natural, especialmente por la mañana.
Mantener horarios regulares para acostarse y levantarse.
Crear un entorno de descanso tranquilo y oscuro por la noche.
Aunque la primera noche no sea perfecta, forzar el cuerpo a seguir el horario local suele acelerar la adaptación.
La alimentación también influye
Lo que se come y cuándo se come afecta directamente al reloj interno. Adaptar las comidas al horario del destino ayuda al cuerpo a entender que ha comenzado un nuevo ritmo.
En los primeros días conviene optar por comidas ligeras, ricas en frutas, verduras y proteínas suaves. Evitar cenas muy copiosas o alimentos difíciles de digerir facilita el descanso nocturno. Beber suficiente agua sigue siendo clave, especialmente después de vuelos largos. Para tal fin, lleva contigo una botella como esta:
Una botella resistente, hermética y duradera, ideal para mantener bebidas frías o calientes durante largos trayectos y excursiones. Su diseño robusto Stanley es perfecto para llevar en mochilas o maletas, y ayuda a mantenerse hidratado sin generar residuos plásticos, ya sea en rutas rurales o ciudades.
Mantenerse activo, pero sin excesos
Hacer algo de actividad física suave puede ayudar a combatir el cansancio y mejorar el estado de ánimo. Un paseo al aire libre, estiramientos o una actividad ligera son suficientes durante los primeros días.
No es recomendable exigir demasiado al cuerpo nada más llegar. El objetivo es activarse sin agotarse, dando tiempo a que el organismo se adapte poco a poco al nuevo entorno.
Aprovechar bien las escalas y los trayectos intermedios
En viajes muy largos, las escalas pueden influir en cómo se llega al destino final. Descansar bien durante una espera prolongada, moverse y comer con calma ayuda a reducir el impacto del cambio horario. En este sentido, aplicar algunos de los consejos para aprovechar una escala larga en un aeropuerto puede marcar una diferencia notable en viajes intercontinentales.
También es importante tener en cuenta el medio de transporte posterior al vuelo. En algunos casos, combinar avión y tren puede ser una opción más llevadera que encadenar varios vuelos seguidos, algo que analizamos en la comparativa de viajar en tren VS avión: ventajas e inconvenientes.
Paciencia: el cuerpo necesita tiempo
Aunque se sigan todos los consejos, el jet lag no desaparece de un día para otro. Como norma general, el cuerpo necesita aproximadamente un día por cada hora de diferencia para adaptarse por completo. Asumirlo con calma evita frustraciones innecesarias.
Escuchar al cuerpo, descansar cuando lo pide y no exigirse demasiado los primeros días forma parte de una adaptación saludable. En viajes cortos, incluso puede ser útil mantener parcialmente el horario de origen si el regreso es rápido.
Conclusión
El jet lag es una respuesta natural del cuerpo a los cambios bruscos de horario, pero no tiene por qué arruinar un viaje largo. Con una preparación adecuada, hábitos conscientes durante el vuelo y una adaptación progresiva al llegar al destino, sus efectos pueden reducirse de forma notable.
Viajar lejos implica aceptar ciertos desajustes, pero también aprender a gestionarlos. Cuidar el descanso, la alimentación y los tiempos de adaptación permite disfrutar antes del viaje y aprovechar mejor cada día, incluso cuando se cruzan varios husos horarios en pocas horas.
Autor:
Staff
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